El arte es una forma de gloria, una manera única de trascender en el tiempo y en el espacio. Existe un personaje que por su trabajo ha logrado tocar esta delgada línea entre legitimidad y anonimato. Se trata de la fallecida fotógrafa Francesca Woodman. Nacida en Denver, Colorado, esta mujer visionaria -con apenas 23 años de edad- murió al saltar por una ventana del Lower East Side en Manhattan. Antes de suicidarse, escribió a uno de sus amigos: “Mi vida en este punto es como un sedimento muy viejo en una taza de café y preferiría morir joven dejando varias realizaciones… en vez de ir borrando atropelladamente todas estas cosas delicadas”.

Hija de padre fotógrafo y madre ceramista, Woodman abrazó desde pequeña un amor intenso por la imagen que conceptualizaría como manifiesto e ideología. Fascinada con una estética decadente, materializada en casas decrépitas, flores secas y paredes desconchadas, las fotografías de Francesca –la mayoría en blanco y negro y en formato cuadrado- son en su génesis y desarrollo vitalidad, energía y experimentación.

En sus autorretratos jamás enseña su rostro, pero sí su cuerpo desnudo en contacto con otros hombres o mujeres. Siendo la naturaleza humana uno de los temas centrales de su obra, la artista juega con la luz y la sombra así como con figuras borrosas que dramáticamente aparecen en escena. El carácter tan lúgubre de su trabajo se ha convertido para muchos -me incluyo- en un fetiche enigmático, que nos invita a formar parte del epílogo de su suicidio con un aura maldita, honesta y gótica que encanta.

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